Cómo destruir nuestros defectos
Cómo destruir nuestros defectos

Los seres humanos somos mayoritariamente miedosos y flojos, nos da temor aceptar nuestros defectos y, sobre todo, nos da pereza el trabajo espiritual. La mayoría espera una forma mágica para solucionar sus problemas y defectos, una receta que no requiera mayor esfuerzo de su parte. Lamentablemente, la vida no funciona de esta manera.

Existen recursos para momentos de emergencia, como mantras y cierres, pero estas no son soluciones definitivas a la problemática de los defectos mentales. No existe fórmula mágica u operación maravillosa que elimine, por ejemplo, la ira o la envidia. En este sentido, debemos ser realistas y comprender que solo podremos transformar nuestros defectos a través de la meditación y el arduo trabajo espiritual.

Antes del nacimiento, en el vientre materno, cada embrión está en un estado de paz y meditación continua. En los últimos cinco meses de gestación, cada individuo siente y entiende quién es. Ahora bien, el nacimiento es un proceso traumático que todos debemos experimentar, es angustioso, nos vemos obligados a la independencia y las condiciones de armonía meditativa son abruptamente interrumpidas. Es entonces que estalla en nosotros una fuerza de impaciencia e intolerancia angustiosa y nos volvemos completamente susceptibles a la incorporación de los defectos mentales, que se apoderan de ese ser sin personalidad.

A partir de este momento, nos vemos en un proceso de programación constante, en el que nuestros defectos se entrelazan con los sentimientos de supervivencia y miedos constantes. Nuestros padres, según su crianza, nos programan para actuar de cierta manera de acuerdo con las circunstancias. Vemos, por ejemplo, a padres multimillonarios que programan a sus hijos para que también lo sean, o a padres muy cultos que programan a sus hijos para crecer cerca de bibliotecas, o hasta padres muy pobres que programan a sus hijos para seguir en esa condición, basados en la repetición diaria de lo difícil que es salir de la pobreza. Todos somos programados, de una u otra forma, para ser indolentes, para discriminar o ser insensibles frente a ciertas situaciones; nos crían para ser cuidadosos o descuidados, para ser orgullosos y apegados, para ser rebeldes o para gozar de recibir.

Todas estas construcciones mentales son una muestra clara de una humanidad dormida y “deshumanizada” en la que el hogar está puertas para adentro, en medio de la inconsciencia y el egoísmo. Y, a pesar de haber muchas programaciones positivas, estas siguen siendo tales: programaciones.

Este es un concepto que debemos comprender e interiorizar. Solo así entenderemos que para transformar nuestros defectos debemos primero “desprogramarnos” a través de la meditación.


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