El misterio de la Alquimia
El misterio de la Alquimia

La alquimia es una ciencia que en todos los tiempos ha sido un misterio; es algo de lo que muchos hablan, pero de lo que realmente pocos saben.

El mismo origen de la palabra es misterioso: podría venir del árabe, pero también es posible que venga del griego, de la palabra ‘chemeia’, que significa “zumos”. En la Antigüedad, la alquimia era entendida como una ciencia multidisciplinaria que utilizaba distintas ramas del saber para hacer operaciones que la gran mayoría interpretaba como mágicas.

En tiempos más modernos, la alquimia se fue identificando con variadas filosofías y corrientes espirituales, pero también comenzó a perder su prestigio al momento que charlatanes, que realmente no la conocían, convencían a nobles y reyes de patrocinarlos en sus estudios con el fin de volverlos ricos al transformar el plomo en oro. Tal fue la mala reputación que se ganó esta ciencia, que ni hoy existe una voz maestra que pueda hablar de la ella con seriedad.

Ahora bien, si rescatamos el verdadero concepto de la alquimia, nos encontramos con el redescubrimiento del camino del despertar de la conciencia, pero en un lenguaje más occidental; es decir, significa que es el mismo camino del proceso oriental, pero expresado de forma castellana, francesa y alemana.

¿Por qué es tan difícil entender la alquimia? Esto se debe a que fue concebida y organizada en una época oscura, plagada de miedos y persecuciones, por eso, conocimientos de este tipo debían transferirse de forma cifrada, en clave, para que solo aquellos verdaderamente interesados pudieran comprenderla.

Pero, agreguemos al panorama el pasar de los tiempos y la tergiversación del conocimiento con cada generación. Cada alquimista creaba sus propias reglas, procesos y tablas sobre un conocimiento base, pero esto se llevó a cabo de manera tan enredada, que era casi imposible definir qué alquimista era de la línea material y cuál de la espiritual. Con el tiempo, solamente quedaron los espirituales, trabajando en secreto. Sus planchas y dibujos fueron descubiertos posteriormente, pero hoy son reliquias que muy pocos entienden.

La alquimia es la fuerza de la naturaleza, es el poder que une al hombre con los elementos, la fuerza que mezcla los “zumos de luz del cuerpo”, que, en esencia, son diferentes corrientes presentes en el cuerpo humano, y no solamente eléctricas, sino astrales y seudofísicas, tan sofisticadas, que aún la ciencia no lo puede comprender. Esta sustancia está viva y es detectable por los seres conscientes, por quienes tienen la videncia del plano astral y, en general, de las dimensiones paralelas.

La alquimia, la madre misteriosa de la química, no puede datarse en una época precisa. Existía en China, Egipto y Babilonia; también la practicaban los druidas de Islandia y, aún más antiguo, en la derivación atlante que quedó plasmada en lo que hoy es Tiahuanaco, en Bolivia.

Mirando hacia el pasado, muchos se han preguntado si la popular transmutación alquimista, que se trata de convertir un elemento en otro, fue una realidad o una simple leyenda. Grandes científicos, como Louis Kervran, un biólogo francés, afirmaron hace décadas que la transmutación sí era posible y, efectivamente, en la actualidad algunos de los elementos de la tabla periódica se crean a partir de otros. La transmutación es un hecho y es muy probable que grandes alquimistas, como Enrique Kunrath o Cornelio Agrippa, encontraron el oro, y otras grandes facultades espirituales.

Los alquimistas recibieron toda clase de calificativos horribles y despectivos, fueron tildados de dementes y de impostores, pero, en realidad, fueron científicos adelantados a su época. Muchos de ellos descubrieron los elementos que la química moderna hoy conoce, e idearon procedimientos que, sin ellos, la civilización moderna no tendría el avance y la técnica presentes. Pero, quizás el mayor atributo de ellos, su máxima obra y logro, es la unión de la ciencia con la verdad espiritual del hombre, en esto, ellos se adelantaron a lo que solamente va a ocurrir dentro de 120 años.

Los alquimistas genuinos trabajaron incansablemente, principalmente, en comunicar la clave de lo que encontraron para obtener oro, pero este oro no es material, este es un oro más fino y más valioso, infinitamente más importante; este oro es la “piedra filosofal”, y este es un aspecto que va más allá de nuestra imaginación, que se remonta a los manuales que vienen de las estrellas y que está enredado en un libro en forma de espiral que se encuentra en el núcleo de cada una de nuestras células. Al girar esta llave, nos transportamos en un segundo a la catedral del centro.


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