¿Problemas de salud?
¿Problemas de salud?

Las enfermedades son el desorden momentáneo de un organismo vivo, y ocurren por causas internes y externas.

Recordemos que toda enfermedad tiene origen kármico; primero, en los mundos internos, para luego cristalizarse en el mundo físico. Las enfermedades que tenemos que padecer, tienen siempre una lección: que el alma registre un tipo especial de sentimiento sicofísico, que la mente registre un tipo especial de sensibilidad y equilibrar el desequilibrio que se tiene con la ley divina.

Para nosotros, la enfermedad puede ser terrible y sufrida, pero para nuestro ser, que trasciende el cuerpo material, es apenas una faceta difícil de la universidad del espíritu. La enfermedad nos enseña, nos enriquece y nos despierta en determinados niveles de conciencia.

Una de las causas más importantes de las enfermedades en nuestra humanidad es la inconciencia. Todos sabemos que ingerir ciertos tóxicos es cancerígeno, que la alta exposición al sol también lo es y, aun así, continuamos con indiferencia el propósito de enfermarnos a sabiendas. El desorden genera desorden y la inconciencia desordenada enferma nuestro cuerpo.

Una causa trascendental de enfermedades graves es la alimentación que tenemos, pues, en general, no es nada natural, está llena de químicos y estabilizantes, consumimos demasiadas carnes, alimentos en descomposición y, sobre todo, los ingerimos sin mesura. Todo esto, unido a ciertas predisposiciones genéticas, puede llevar a precipitar el desarrollo de alguna enfermedad.

Ahora bien, el poder mental es una de las herramientas más poderosas, que no solo ayuda a la meditación, sino que obra prodigios en nosotros. Pero, de la misma manera, si proyectamos ese poder mental de manera negativa, podemos vernos afectados severamente.

Esto ocurre muy seguido, incluso, de manera inconsciente, en la que nos decimos y afirmamos cosas negativas, como:

  • “Ya me dio gripe”, cuando apenas estornudamos una vez;
  • “Me va a ir muy mal”, sin tener razones concretas para que esto sea así;
  • “Me voy a morir, ya no puedo más; me rindo”, cuando aún estamos lejos de la muerte.

Como estos, hay muchos otros ejemplos, que, al pronunciarlos con tanta seguridad y convicción, desencadenan miles de reacciones químicas que deprimen el sistema inmune y, en efecto, nos enfermamos. Recordemos que se ha comprobado que las respuestas inmunes están directamente relacionadas con el estado de ánimo y la situación síquica.

Si como seres humanos fuéramos conscientes del poder inmenso de nuestra mente, viviríamos felices, sanos y espiritual y mentalmente equilibrados. Desafortunadamente, no hemos llegado a ese punto, sino que lo desaprovechamos, dándonos órdenes negativas que llegan, inclusive, a sentenciar nuestra propia muerte, siendo absolutamente inconscientes y autodestructivos.

Tales situaciones solo se pueden remediar con el despertar de la conciencia. La depresión y la tristeza tienen origen en el sufrimiento, en el apego y en el deseo equívoco de las cosas, que es, en sí, una deformación mental en la que debemos reflexionar con detenimiento.

Si ya existe una grave enfermedad, es urgente entender el mensaje de la divinidad, es el momento de la espiritualidad, de volver los ojos al desarrollo interno. Dios, en nuestro propio cuerpo, nos conmina al trabajo de la mente. Las enfermedades graves no son más que una alerta roja, una llamada a la conciencia y a la investigación del propio mundo interior.

El problema de tener este tipo de enfermedades, es el intenso estado de depresión que no nos deja trabajar en la meditación. Es necesario entender que el cuerpo es frágil y delicado, y que en cualquier momento puede desaparecer. La diferencia entre una persona con enfermedad terminal y otra sana, es únicamente de tiempo, pero a todos nos espera lo mismo: el inminente cambio de cascarón.


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