Destruir los defectos
Destruir los defectos

Como ya lo habíamos discutido, para eliminar los defectos no existe una pócima milagrosa, sino que se requiere un trabajo arduo y constante de nuestra parte. Nuestra cultura se dedica a programar a nuestros niños para que crezcan con ciertos defectos y deformaciones mentales, que, al ser casi inconscientes, son aún más difíciles de modificar.

Es exactamente mediante esa programación que podemos superar la barrera del ego, con dos fases perfectas que todos podemos llevar a cabo:

  1. La desprogramación analítica
  2. La preprogramación constructiva

Estos dos conceptos han sido procesos trabajados en Oriente desde hace cientos de años, pero que, con el pasar de los tiempos, han perdido cierta fuerza y funcionalidad, se les han restado análisis a los procedimientos y se hacen casi como un ritual, pero sin el contenido ni la fuerza mental que se requiere.

Muchas de estas costumbres han caído en el error por tomar a letra muerta su propia tradición de luz y evolución. Y esto solo hablando de Oriente. En Occidente, el error ha sido de palabra, de traducciones erróneas, de asimilación y armonización de estas prácticas que nos parecen tan diferentes: mantras que no se han traducido, la mentalidad en una lengua sánscrita, que es diametralmente distinta a la nuestra, y la que hemos llegado a tergiversar en su esencia y concepto. Las personas se han dedicado a aprender de memoria, sin asimilar realmente el conocimiento, diciendo que “bakti” es devoción y que “moksha” es liberación, pero no han aplicado a cada palabra el concepto, que es lo más importante.

Ahora bien, debemos entender que las fases de desprogramación analítica y de reprogramación constructiva son efectivas en todos los casos, y que simplemente debemos asimilarlas como nuestras. Están a nuestro alcance y al de los demás.

La fase de desprogramación es vital, con ella evitamos la construcción del ego y le restamos fuerza al error y su manifestación. Tomemos por ejemplo la ira: es un defecto agresivo y destructor, pero ¿cómo le quitamos fuerza? Simplemente, analizándolo en acción y proyectando su transformación definitiva en nuestra mente.

Debemos meditar con órdenes tajantes que eliminen su energía, y no solo estando sentados con los ojos cerrados, sino en cualquier momento del día. Con el defecto de la ira vemos que la gente reacciona abruptamente, gritando, diciendo groserías y hasta rompiendo objetos. Todos tenemos recuerdos de esos momentos o ataques de rabia, nos desenfrenamos y afirmamos nuestra gran importancia personal. Es aquí cuando debemos comenzar el proceso de transformación de los defectos, observándonos a nosotros mismos y preguntándonos: ¿por qué reaccioné así?, ¿qué me llevó a decir estas palabras tan hirientes? Y, sobre todo, repetirnos que nosotros no somos así, que no somos esas palabras, esas reacciones o esa violencia.

Lo mismo sucede para otros defectos, como la envidia. Recordemos esos momentos en que sentimos verdadera mortificación por el bienestar o éxito de otro, pero, preguntémonos: “¿por qué me siento enfadado?”, “¿qué gano con este enfado?”, “lo único que logro es intoxicarme a mí mismo, llenarme de amargura e insatisfacción”.

En estas situaciones, repitámonos:

“Yo, verdaderamente, no necesito lo que esa persona ha logrado; yo, como ser humano, necesito poco. Al nacer no traje nada y al morir no me llevaré nada; todo lo que tengo es prestado y, en mi soledad interior, tengo únicamente mi propio logro espiritual, aun cuando hay gente que me rodea”.

 

 


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