Los grandes contrastes de India
Los grandes contrastes de India

Cuando hablamos de la India, nos vienen a la mente un sinnúmero de imágenes: la pobreza, la superpoblación, las tradiciones milenarias, la patria de los vedas, el florecimiento y pérdida de los libros sagrados, la riqueza y la opulencia del pasado, las castas, los brahmanes, el absurdo concepto de los parias o intocables, los elefantes, la conquista inglesa, Gandhi, la madre Teresa, los templos llenos de monos, entre muchas otras. Pensamos asimismo en la culturas musulmana, tibetana y lamaísta, que en su momento también fueron parte de su historia.

La cultura hindú es la segunda más antigua del mundo (después de la celtíbera), pero con la conquista inglesa, desafortunadamente, perdió mucha fuerza, su empuje y su futuro, hasta el punto de que sus tendencias religiosas y políticas se han separado en varios fragmentos.

India fue esclavizada de la manera más humillante, dejando un presente desalentador. Ni la lucha de Gandhi por la libertad de sus compatriotas fue suficiente para salvarlos completamente, pues la horrorosa guerra civil que se desató tras su muerte llevó a que India se dividiera en dos naciones, que aún hoy se amenazan con bombas nucleares.

Las más antiguas profecías narraban que las almas de los grandes hierofantes indostanes migrarían a Occidente. ¿Será por esto que ocurrirían las invasiones chinas en el norte y que llevarían a desterrar de su Himalaya a los maestros iluminados?

Lo que sí podemos saber, es que India es, en efecto, un país de contrastes, donde la pobreza extrema se observa por doquier y es evidente que su gloria espiritual se ha venido olvidando poco a poco, al igual que su tradición milenaria.

Hace algún tiempo, Andrés Hurtado escribió en el diario ‘El Tiempo’: “La gente de la India no es que sea tan pobre, es que no se interesa tanto en ser rica”. Esto, además de bello, es cierto, pues la esencia base del hinduismo es muy diferente a la occidental. En nuestra cultura, la lucha por lo que queremos mostrar y lo que tenemos en el alma es algo que nos esclaviza y en lo que perdemos el tiempo durante nuestra vida. Lo que realmente importa, nuestro patrimonio espiritual, es el que menos cuidamos y tristemente es lo único que nos llevamos. El resto no es más que una ilusión.

Para nosotros, ver la pobreza de India nos puede generar sufrimiento, pero para ellos el mundo de las apariencias no es su objetivo. Están enfocados en una meta más espiritual; llevan una vida de devoción, religiosidad y meditación constantes. Esa persona que observamos en canto mántrico dentro de una casita, que para nosotros puede verse como la persona más desafortunada, es en realidad un ejemplo, pues es capaz de conectarse con sus más altas fibras espirituales y con el ser interior, y así entrar en sintonía con las dimensiones superiores.

En Occidente también podemos ver los más altos contrastes: almas sucias y pobres que se visten con caras vestimentas y viven en lujosas casas, o jóvenes descarrilados que se dedican a dar rienda suelta a los excesos sin tener en cuenta el daño que se genera en sus mentes. Lastimosamente, nosotros los adultos somos culpables en gran medida de esta distorsión de la verdad.

Hoy, ver un joven respetuoso o caballeroso es sinónimo de duda o burla, y es que, si nos damos cuenta, somos nosotros los que propiciamos las tendencias violentas en nuestros niños, como cuando les regalamos un videojuego de asesinos o los dejamos ver televisión violenta. Esta es nuestra constante equivocación.


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