Más sobre la destrucción de los defectos
Más sobre la destrucción de los defectos

Hemos comentado que para la transformación sicológica existen dos grandes corrientes que debemos transitar para así desdoblar las fuerzas negras de los yos defectuosos de nuestra mente: la primera es “desprogramarse” y la segunda es “reprogramarse”.

Esto podemos compararlo con el proceso sencillo de resetear un computador cuando ha sido dañado por un virus, al que luego le volvemos a instalar los programas, desde cero. Y es que nuestra mente está llena de virus, aquellos que comúnmente se conocen como rencor, envidia o ira.

La desprogramación analítica es un proceso arduo y muy personal en el que cada quien debe encontrar su propia manera de afrontar el defecto, un proceso que tarda años y que requiere de gran ahínco. Por ejemplo, al rencor podemos afrontarlo preguntándonos: “¿por qué tengo esta fuerza que me obliga a la violencia contra esta persona que me perjudicó?”, “¿qué gano con hacerle daño?”, “¿qué gano con equilibrar de forma anormal ese perjuicio?”; “yo no soy esa violencia”, “yo no soy esa fuerza que daña”, “yo no soy ese odio”, “yo no soy esa ira”. Recordemos cuando éramos niños, cuando la ira existía, pero era un sentimiento fugaz.

El defecto de los celos es un tanto más complejo. Nace en el apego y en la dependencia y ha causado grandes estragos en nuestra humanidad. En este sentido, cuando los sintamos, debemos alejarnos del sujeto de ellos, rompiendo el sistema de dependencia y preguntándonos: “¿por qué dependo de esta persona si en el fondo de mi ser estoy solo?”, “¿por qué creo que con este sentimiento me puedo adueñar de esa persona?”, “¿por qué quiero retener a alguien que no quiere estar conmigo?”.

Digámonos: “yo no soy esa fuerza que obliga, que acosa, que retiene, que presiona”, “yo no puedo decirle a alguien cómo debe sentir”, “no es posible obligar a alguien a que me quiera”. Esa es la forma de desprogramar.

Ahora bien, el siguiente paso se da a la par y es la programación constructiva; es el reemplazo de la mente, la transformación sicológica revolucionaria que debe mantenerse el resto de la vida. Es una guerra constante contra el eƒrror de la mente, sin descanso, que se representa tan bien en la batalla de Kurukshetra, narrada en el ‘Bágavat Gita’: todas esas legiones de guerreros representan nuestros defectos y son a quienes debemos enfrentar con valor para transformarlos.

Debemos implementar esta práctica de transformación en todo momento, incluso en esos cuando la mente se encuentra “en paz”, pues esta es una nueva forma de pensar la vida sin el filtro distorsionado de los defectos con el que hemos crecido.

Tomemos de nuevo a la ira, veamos cómo esa reprogramación podemos hacerla con sentencias mentales poderosas o con proclamaciones energéticas en las que la mente encuentra un nuevo cauce para manifestarse. Esto se hace después de analizar el defecto y de saber lo que no somos, de ser conscientes de lo que no es nuestro ser; en ese momento pensamos con nuestras palabras:

“Yo soy la fuerza que construye. Todo aquello que oigo, todo aquello que veo y que usualmente me irrita, ahora me fortalece, me construye, me hace un examen de mi propia resistencia, aquella persona que me agrede tiene ira en su mente como yo la tengo, pero esa persona no tiene la posibilidad de transformarla, su momento llegará más adelante. Ahora en mí se manifiesta la paciencia, la tolerancia, la humildad bien entendida, el ánimo de construir, de no dejarme afectar; ahora recuerdo cuando dejaba que me invadiera el sentimiento de rencor, entonces contestaba, entonces reaccionaba negativamente, entonces se imponía mi falsa importancia personal; ahora no reacciono de esa forma, ahora observo; observo la situación y me veo a mí mismo; ahora esa fuerza no me maneja; ahora soy construcción, solidaridad; ahora soy amor, ahora comprendo la necedad de aquel que yo creía que era mi contendor, ahora lo veo como a un hijo”.

Estos dos pasos son sencillos, pero deben ser constantes y reiterantes en nuestro día a día; con el tiempo, veremos el magnífico resultado que aporta a nuestras vidas.


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