Los secretos de los vedas y chamanes del Amazonas
Los secretos de los vedas y chamanes del Amazonas

El río Amazonas es el más largo y caudaloso del mundo, alimentado por un sistema fluvial durante todo su recorrido, que parecería incontable. A su alrededor crece la selva más grande y espesa del planeta, son millones de kilómetros cuadrados llenos de vida y misterio, tan majestuosos, que hablar de ellos sería casi interminable.

La gran selva amazónica es más que majestuosa, en cada uno de sus rincones se oculta un secreto, una memoria y una capa vegetal distinta. Existen en ella cosas tan maravillosas como sus pueblos de Brasil. Ellos no hablan, sino que se comunican telepáticamente. Sus comunidades conocen los secretos y las memorias de la selva y ven con los ojos del alma; la misma vegetación es distinta donde viven estas personas tan avanzadas espiritualmente.

Además de esta población brasileña, existen muchos más ejemplos, como en Perú, donde están las comunidades que custodian los “Túneles de la selva”, en Ucayalí, al sur de Pucallpa. Iguales custodios existen en Ecuador, en los nacimientos de los ríos Tigre y Napo. Allí están los ancianos que cuidan las entradas de los Tayos: los túneles extraterrestres que avanzan hasta Colombia, y este país están los devas de Vaupés, en las sierras de Cumare y Chiribiguete; allí es posible ver verdadera magia chamánica. En Bolivia, en el río Mamoré, hay vórtices casi visibles; es una selva muy distinta, es un rincón del paisaje amazónico que no tiene parecido.

Nuevamente en Brasil, en un sitio conocido como la Sierra de Güipara, hay pirámides y una ciudad de una civilización muy antigua, pero se la tragó la selva. Es como un Chichén Itzá, pero en el Amazonas, y está fuertemente custodiada por los indígenas apuís, que no dejan que la gente común entre; son custodios de un saber que saldrá a la luz más adelante.

Todas estas pirámides, ciudadelas y terraplenes tienen custodia de devas de la selva. Muchas personas les han preguntado a los habitantes de poblaciones cercanas acerca de estos sitios sagrados. Ellos claramente contestan: “No vayan allí, porque ese lugar está rezado”, “y con un rezo muy fuerte”.

En Guyana, en el nacimiento del río Blanquito, existe una comunidad de indígenas que cuida un espacio entre piedras, en el que queda una ciudad que nadie ve. Los indígenas dicen: “Usted no la ve, porque la ciudad no es de matas, ni de piedra, ni de agua; es una ciudad hecha de tiempo”. Si ellos dicen que es de tiempo, es porque esa ciudad se encuentra en la cuarta dimensión.

En Surinam, al sur del poblado de Apelina, encontramos un chamán muy misterioso y particular. Está entrado en años y tiene los ojos del alma despiertos, conoce los secretos de todo el Amazonas y sabe de un túnel que se descubrirá en unos años.

En Venezuela existe un lugar bellísimo y sagrado, en donde la selva y los llanos se confunden. Cerca de la frontera con Colombia se alzan los montes Tepuyes, elevaciones naturales sorprendentes con paredes verticales y floras y faunas que parecieran de otro planeta. Dentro de estos tepuyes se encuentra uno muy especial, conocido como el cerro Autana, que es sagrado para la comunidad piaroa. Esta montaña es conocida desde hace miles de años por las comunidades amazónicas como el “Árbol de vida”.

Las leyendas indígenas sobre el cerro Autana son muy claras cuando dicen:

“En los tiempos en los que los ancianos podían ver más allá de los ojos, se presentaba ante ellos una casa con miles de techos en la cumbre del Autama, y ellos preguntaban qué era esa casa, y les decían que era uno de los lugares sagrados a los que llegaban atraídas las almas de los muertos antes de terminar su ciclo y de finalizar su trance”.

Estas son palabras muy parecidas a las leyendas de mongoles y tibetanos de Shambalah, y a los cuentos del paso de las almas por las ciudades del tiempo en el momento del desdoblamiento o de la muerte. Pero, proteger este maravilloso monte, sus secretos y tradición, se ha convertido en todo un reto para la comunidad indígena, ya que han tenido que lidiar con la difícil situación de Venezuela, sumada al contrabando, la droga y la violencia que abundan en la frontera con Colombia. A pesar de las complicadas circunstancias, los piaroas continúan su legado.

Una de las leyendas más bonitas de los piaroas es la del gigante conocido como Maripadem. Se trata de un ser alado que se lleva a los humanos, algo parecido a un ángel de la muerte, como podría también ser la representación de Anubis para los egipcios. Para los piaroas, el alma humana es Maguarí, y dicen que el que vive en la selva hace una estación en Autana, para recuperar la memoria antes de entregar cuentas a Guajarí.

Esto es increíblemente parecido a la educación del Bardo tibetano, pero nosotros no podemos separar los conocimientos, somos habitantes del mismo planeta, estudiantes de la misma escuela. Esta narración o mito cuenta con claridad la historia de la transmigración de las almas y la relación del Ser con el alma. Ellos dicen:

“Autama era un árbol que llegaba hasta el cielo y era el centro del mundo cuando las tierras estaban distribuidas de manera distinta, y, como tocaba el cielo, de allí bajaban las almas, las que trajeron los seres alados. Pero un día Guajarí ordenó que se cortara el árbol, entonces, el árbol se le vino encima y Guajarí murió, entonces, las almas, por esto, se ven obligadas a ir a Autana, al árbol cortado”.

¿No es ésta una narración de la siembra extraterrestre en términos de la selva?, ¿no se parece al mito nórdico de Igdrasil? Este es un tema bellísimo, de los chamanes de la selva amazónica.


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