Descripción del paraíso
Descripción del paraíso

El paraíso, un lugar tan maravilloso, que pareciera de ensueño, y tan diverso en riqueza, que ni sus mismos habitantes saben medir su valor.

Tiene mares preciosos, azules, aguamarinas y verdes; tiene ríos que forman vórtices de agua imposibles; tiene lagunas encantadas, puentes inverosímiles, lugares naturales fascinantes y todo tipo de fauna y flora. Es tan fantástico, que en cuestión de minutos se puede pasar de un paraje a otro completamente distinto.

El paraíso tiene una extensión aproximada de dos millones de kilómetro, y se llama Colombia.

Esta extensión suma la tierra y el territorio marítimo, pues ambos forman el todo del paraíso. Y hay que agregarle la gente bella que lo habita, de razas tan variadas, que prácticamente no existen problemas interraciales; así es la cantidad de mezclas de humanos que viven en el paraíso.

Colombia es el paraíso en todo sentido. Si nos vamos al nevado del Cocuy es como si entráramos a otra dimensión, recordamos al Himalaya, cada kilómetro muestra fauna y flora distintas y bellísimas. Si nos vamos a la selva amazónica encontramos el río Apaporis, que, cuando el llano se convierte en selva, se abre una puerta que pareciera de otro mundo, un vórtice increíble que lleva a otra dimensión y del que saben desde siempre los indígenas cabiyarís.

El nombre de Colombia fue tomado del apellido de Cristóbal Colón por el venezolano Francisco de Miranda, quien además tomó los colores del escudo del conquistador para forjar la bandera original. Recordemos que, en ese entonces, quienes habitaron el paraíso fueron la familia caribe, descendientes directos de los matas, los guambianos y los paeces, con profundas raíces incas; y los ticunas, botas, yaguas, ocaimas, curripacos y muinades, descendientes de los sabios del Amazonas.

En los últimos doscientos años se ha forjado una civilización con matices muy particulares, tan bellos, que encantan a todos los que los conocen. El paraíso es, sencillamente, un lugar lleno de rincones inolvidables: en Bogotá contamos con la sabana, un paisaje simplemente bellísimo, habitado por gente cálida y sensible. A orillas del Magdalena nos encontramos con Mompox, una ciudad de antiguo protagonismo nacional, pero que aún mantiene su belleza, su arquitectura elegante y su arte impecable de filigrana de oro y plata. Saliendo de Bolívar hacia Santander, nos encontramos con Barichara, una ciudad de ensueño con calles adoquinadas, casas bellísimas de tejas de barro, y un trabajo monumental de piedra.

Yendo hacia la costa caribe, encontramos la maravillosa ciudad de Cartagena, llena de gente amable, generosa y elegante; es un resumen de nosotros, con arquitectura contrastante, llena de una historia fuerte e inigualable.

Nuestra arquitectura religiosa no se queda atrás: construcciones como la iglesia de Santa Clara, en el centro de Bogotá, son una joya de nuestro país, así como las iglesias viejas de Tunja, con piedra, frescos y hojilla, o las majestuosas catedrales de Pasto, que parecieran transportarnos a otra dimensión.

Pero no podemos hablar del paraíso sin mencionar el valle del Cocora, en el Quindío, una llanura y unas faldas de montaña llenas de palmas de cera de 50 o 60 metros de altura, todas de tallos blancos y delgados, con anillos negros, que necesitan por lo menos 50 años para elevarse hasta esa talla; por eso es el árbol nacional. En cualquier clima, el valle del Cocora es un espectáculo.

De Caño Cristales, en la sierra de la Macarena, y su río de siete colores, ninguna fotografía es suficientemente buena para dar idea de lo que significa. Es un río con lecho de piedras gigantes, viejísimas, que forman huecos llenos de algas de diferentes colores, principalmente rojas. Caño Cristales parece de otro planeta, es casi imposible describirlo.

Si bajamos más, nos encontramos con San Agustín, un museo al aire libre, con obras de arte de más de 2.500 años; una de las maravillas arqueológicas de la humanidad.

Ser colombiano es estar en el pueblito de Salamina, es estar en la ciudad perdida de los kogis, es estar en la iglesia de la Ermita en Cali, con más de 400 años; es la linda Piedra del Peñol, en Guatapé, Antioquia; es la vista del lago casi irreal que se ve desde arriba, es estar en Villa de Leyva. Ser colombiano es el Parque del Café, la Aduana de Barranquilla, Puerto Colombia y las casas viejas del barrio El Prado; es las playas de Santa Marta, es ver las ballenas en la ensenada de Utría, en Chocó; es apreciar la belleza de las haciendas cafeteras y las barbas del parque El Gallineral y el vacío en el estómago al ver el cañón del Chicamocha antes de llegar a Pescadero.

Ser colombiano es tantas cosas, y, como colombianos, tenemos también responsabilidades frente a este paraíso en el que vivimos.

Tanto la Conquista como la Colonia y la Independencia fueron épocas de catástrofes, de sufrimiento y angustia constantes, pero, afortunadamente, momentos que ya pasaron; y, hoy, podemos concentrarnos en reencontrar la normalidad y el equilibrio sin despotricar de aquellos tiempos pasados o territorios perdidos. Vivamos en el presente y construyamos el futuro.

Una de nuestras obligaciones es preservar aquello que aún nos queda de épocas pasadas, ese conocimiento y traducción que son tan importantes y que debemos dejarles a las generaciones venideras, como las cuatro maravillosas lenguas centrales: muisca, arawak, quimbaya y guahíba, que constituyen un conocimiento ancestral invaluable.

Es increíble ver cómo en el paraíso aún se hablan cientos de dialectos, pero que, desafortunadamente, se están perdiendo, y con ellos la sabiduría ancestral de las medicinas de la tierra, del bosque y de la selva. Aquí, en el paraíso, está el conocimiento del cielo. Ya hemos mencionado el Rafue de los muinanes, de los niños sabios de la selva, y hay que salvarlo. El conocimiento de los ticunas, los carabayos y los yaguas; la sabiduría vieja de los ocaimas; el conocimiento de plantas medicinales de los chamanes, de los manucas y tuyucas, abajo, en la selva, y, en el Chocó, en la selva húmeda del Pacífico; el conocimiento de toda la familia embera (emberas katíos, emberas tadós, chamíes, vounans y epenas), todos ellos grandes sabios de las plantas medicinales y de los recursos de la selva.

Esto es el paraíso. En estas selvas espesas y tupidas existen tantos recursos, que ellos mismos no los conocen todos; no es posible conocer tanto. En el cerebro de los taitas y de los chamanes de todas esas etnias se están muriendo las memorias de los usos de las plantas y de las maravillas de la selva.

Sería maravilloso que se destinaran recursos para preservar lo poco que queda, que no terminemos de perder este invaluable conocimiento. De hecho, ya muchos lo han pensado. Se sabe de extranjeros que se han dedicado a vivir con los indígenas y aprender toda esta sabiduría, pues, en otros países se entiende el verdadero valor de la riqueza de las selvas y de la medicina de la naturaleza.


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