Actividad cerebral al meditar
Actividad cerebral al meditar

A pesar de que no podamos entenderlo bien, o no lo queramos entender, somos principalmente un “sistema nervioso con aditamentos” y el resto de nuestro cuerpo físico está al servicio de este sistema.

Razón tenían los vedas al decir que somos básicamente un eje de luz, o los hebreos al describir al ser humano como un árbol de vida. Los escandinavos vikingos también decían que somos un árbol de runas y los mayas lo conceptualizaban como la casa cónica de Kukulcán, la serpiente que se convirtió en pájaro.

Todo lo anterior es cierto. Nosotros somos nuestro sistema nervioso y, aunque es un conocimiento sencillo, esta realidad se ha descuidado y no se le ha dado la suficiente importancia. Ni siquiera los hindúes, que saben de los chakras, han prestado la atención necesaria.

La ciencia aún no ha coincidido con los estudios milenarios sagrados al rededor del tema, pero lo que sí han hecho es estudiar los comportamientos cerebrales de quienes practican disciplinas espirituales y los resultados han sido simplemente sorprendentes. Estos estudios se venido haciendo desde hace tiempo y los avances tecnológicos han permitido observaciones y descubrimientos maravillosos. Este es el momento en que se han tomado electroencefalogramas, tomografías, resonancias magnéticas y demás neuroimágenes a cientos de monjes (de todas las disciplinas) en estado de meditación. Los estudiados tienen todo tipo de perfiles, desde maestros expertos en la meditación hasta principiantes, y de todas las grandes religiones y creencias.

La ciencia siempre se ha preguntado acerca de los verdaderos beneficios de la tan “ponderada meditación” y los hallazgos han sido inauditos. Existen muchas correlaciones entre las imágenes y resultados de la actividad cerebral de, por ejemplo, un entrenado monje budista y una monja de clausura con años de experiencia en la contemplación. También se han visto grandes y claras diferencias entre la actividad neuronal de estos expertos y de aquellas personas que nunca han meditado. Los resultados han sido claros y contundentes, por eso, no es sorpresa que la ciencia recomiende ampliamente la meditación.

Los experimentos han descubierto ciertas generalidades que no se pueden homogeneizar, pues cada persona es distinta, pero sí observaron que aquellos maestros, al momento de entrar en meditación profunda, mostraban una actividad neuronal en todo el cerebro. Esto se interpreta como conexiones entre neuronas que activan todas sus áreas. En contraste, los resultados de aquellas personas inexpertas en la meditación, que simplemente cierran los ojos y descansan, mostraron muchas zonas del cerebro inactivas.

Un gran énfasis de los estudios fue analizar el consumo de oxígeno durante estas actividades y se determinó que aquellas personas que meditan con regularidad activan por completo su cerebro y señalan un consumo de oxígeno superior al de genios matemáticos. En algunos de los estudios los científicos han solicitado a los monjes que incorporen o varíen el tipo de meditaciones que realizan. En las imágenes se logra ver cómo pueden cambiar su actividad cerebral a voluntad, desarrollando conexiones de gran intensidad.

La meditación de la mente en blanco de algunos monjes ha presentado un misterio para los científicos, pues inicialmente se pensaba que en este tipo de meditación el cerebro señalaría inactividad o quietud, pero fue todo lo contrario. También se observó una actividad cerebral altísima. Los monjes lo explican de manera muy simple: aunque en la lógica se crea que es poner la mente en blanco, aunque la razón del mundo material lo determine o clasifique así, no es verdad. El alma ocupa el vehículo físico y es imposible que la mente quede en blanco, pero sí se llega a un momento liberador, a un estado de contemplación en el que la percepción espiritual es enorme, la sensibilidad espiritual llega a su punto máximo y se perciben otros seres y otras dimensiones. En ese estado, la mente ve hacia todos lados y se impregna de mucha información desde muchos niveles, entonces, aparece una gran actividad cerebral, lo que para un observador material es la mente en blanco.

La ciencia siempre ha querido explicar el origen de la tendencia espiritual del ser humano, entender por qué el hombre suele pensar en “algo superior”. Se ha preguntado si es un invento de la mente, si es algo social y aprendido o si simplemente es una respuesta celular. Pero las respuestas han sido contundentes frente a la real predisposición espiritual que se encuentra en nuestro interior, llegando a conclusiones que afirman que este deseo no está vinculado a la crianza, a las convicciones, a la cultura, a la educación o al entrenamiento recibido en las áreas del saber. Este deseo es una fuerza interna que nos incorpora ese elemento espiritual en nuestras vidas.

Ahora bien, muchas personas pueden preguntarse qué pasa con los ateos. La realidad es que no existen. Son personas que no creen en las explicaciones manipuladoras de las religiones, que se oponen a lo establecido y se declaran escépticos frente a los dogmas, pero, en su interior, todos tienen una conexión espiritual fuerte, muchas veces, más intuitiva que la de otros que pueden proclamarse religiosos.

La fe o la convicción religiosa es algo que hace parte de nosotros, algo que nos hace percibir aquello que no vemos, que no entendemos o que no conocemos.


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