La leyenda del Mohán
La leyenda del Mohán

Muchos mitos de la historia prehispánica y pos-Conquista son una mezcla de variados elementos que a través del tiempo modificaron las narraciones hasta convertirlas en las leyendas que conocemos hoy. Algunos de estos elementos son el conocimiento de otras dimensiones, el miedo infundido por la invasión española, el saber chamánico y la observación de la vasta naturaleza de nuestro país. La historia de Moán o Mohán es un ejemplo perfecto; tiene elementos de todas las bases, algunos con miles de años de antigüedad.

Mohán es un término caribe que significa “chamán” o “sacerdote yerbatero” conocedor de espíritus. Antes del Descubrimiento, los mayas llamaban Mohán a aquellos maestros indígenas que manejaban las plantas, el alma de los bosques y las de los “espantos de las piedras”. Esto, claramente, se refiere a elementales.

La leyenda de Mohán tiene algunas variaciones dependiendo de la región, pero también algunas generalidades que se han mantenido a lo largo de los siglos. Se dice que Mohán es un ser de piel oscura y rugosa, como la corteza de los árboles, con musgos y líquenes adheridos. Su cabello es abundante, por todo el cuerpo, y llega a confundirse con delicadas enredaderas. Sus ojos son enormes, de color miel claro, pero la parte que debiera ser blanca es rojo encendido. Todas las variaciones coinciden con que es un viejo vigoroso, con uñas largas y afiladas.

Aún con este aspecto, que podría interpretarse como aterrador, el Mohán es enamoradizo, conquista a las muchachas con piedras preciosas y pepitas de oro y les canta o silba entre los pedregales de las quebradas.

Del Mohán también se dice que bebe la sangre de los niños, que los mata y se los come, para luego llevarse los huevos a su caverna; que su aliento es enfermizo y que para contrarrestarlo se deben hacer baños con tabaco o sahumerios de sus hojas. Según las tradiciones populares, Mohán es un espíritu de río, por eso se dice que juega enredando las redes de los pescadores y escondiendo sus anzuelos.

Esas son, a grandes rasgos, las características que conocemos del Mohán de los mitos. Ahora bien, si lo analizamos más detalladamente, podemos observar que las descripciones concuerdan con las de figuras elementales, específicamente, con las de los genios de los bosques y nacimientos de los ríos. Y es que es en estos lugares donde es más común que los elementales se dejen ver por instantes.

Los elementales, a pesar de tener una apariencia peculiar, en definitiva, no son horrorosos; esta percepción temerosa tiene otro origen. Tomás Carrasquilla, por ejemplo, nos habla en sus escritos del Mohán como una criatura demoniaca, que detesta a los cristianos. Con lo anterior podemos entender el comienzo de su desprestigio, que inicia con la llegada de los españoles y su evangelización.

Como sabemos, los españoles les montaron persecución a los chamanes e inventaron historias con el fin de minimizarles su autoridad frente a la comunidad e infundir miedo alrededor de sus prácticas. Todas esas particularidades del Mohán, como ser una criatura cruel, que mata y que hace males a los pescadores, están intrínsecamente ligadas al sincretismo y desbalance en el que quedaron las culturas indígenas.

El miedo constante a la amenaza religiosa, mezclado con la inocencia y la credulidad del pueblo, llevaron a la deformación de la historia original y a los diferentes mitos del Mohán en Colombia. Lastimosamente, nuestra tradición cayó en la estrategia extranjera de anulación de la cultura indígena y, con el pasar de los años, todo ese conocimiento de la naturaleza, de los elementales y sus fuerzas, fue lentamente olvidado.

Si siguiéramos investigando la figura del Mohán, es probable que nos encontráramos con el mismo Tzolquín, ser que los mayas nombraron numerosas veces y al que se referían como el “gigante de musgo” que fue traído de las estrellas en un disco de fuego especial y que solo podía verse desde la mente.

Es curioso todo lo que propagaron los mayas en América entera y todo lo que resultaría si investigáramos a profundidad la figura del Mohán.


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