La reencarnación - Pasajes bíblicos
La reencarnación - Pasajes bíblicos

La reencarnación es un hecho real y puede que esto no favorezca, o contradiga, ciertas doctrinas establecidas, pero la verdad siempre sale a la luz, tarde o temprano.

A pesar de tantos estudios serios, regresiones y casos comprobados de xenoglosia, aún la gente no está convencida de la reencarnación, pero esto cambiará pronto: se harán estudios e investigaciones importantísimos que comprobarán, de manera irrefutable, su existencia; es solo cuestión de tiempo.

Y es que nos podemos preguntar, si nuestra alma es eterna, ¿cómo podría una sola vida, que es un tiempo sumamente corto, definir la eternidad del alma?, ¿una existencia tan breve puede realmente ser tiempo suficiente para que el alma pueda enriquecerse y corregirse?, o ¿una vida de errores podría validar una eternidad de horrores y llamas infernales? Verdaderamente, un Dios perfecto, justo y amoroso no podría hacer algo tan absurdo.

Las religiones y culturas más antiguas, como los egipcios, los hebreos o los hindúes, creían y aceptaban la doctrina de la reencarnación. De hecho, el mismo cristianismo inicialmente aprobaba esta verdad. En todos los libros sagrados se habla de la reencarnación, incluyendo la Biblia, el problema está en las interpretaciones y modificaciones que se les han hecho a los textos o teorías originales.

Un ejemplo de una interpretación que se toma de manera literal, a letra muerta, puede verse en el siguiente pasaje sobre Jesús:


«Jesús tomó un látigo y, preso de la ira, expulsó a los mercaderes del templo»


Es casi imposible considerar que un ser de la perfección de Jesús pudiese ser manejado por la ira y actuar de manera casi irracional. Este pasaje nos habla de la erradicación de los defectos, donde el templo representa la mente, los mercaderes son los errores mentales y el látigo es la voluntad.

Considerando lo anterior, y teniendo en cuenta los siglos que han pasado, podemos llegar a imaginar qué tanto se han modificado o cambiado los textos originales. Afortunadamente para nosotros, el mensaje de Jesús es tan poderoso y tan grande, que ha prevalecido en el tiempo.

Con esto no queremos refutar la interpretación de cada quien frente a los textos sagrados. Cada uno de nosotros, desde nuestra propia investigación y conocimiento, tiene el derecho a analizar e interpretar un texto sagrado. Ahora bien, si observamos la Biblia, que es un libro maravilloso que mezcla dos culturas en una sola fe (el Antiguo Testamento, con la historia del pueblo hebreo y las leyes de Moisés; y el Nuevo Testamento, con la doctrina de Jesús), vemos que las reformas y modificaciones en sus textos han sido enormes. Solo debemos comparar una Biblia de hoy con otra de hace cincuenta años y veremos cambios abrumadores. Imaginémonos más de mil años de modificaciones, reestructuraciones e interpretaciones.

Recordemos, además, que Jesús no escribió nada, todas sus enseñanzas fueron orales y no fue hasta muchos años después de su muerte que se empezaron a escribir los diferentes libros de la Biblia. Pablo, una de las figuras más importantes de la religión cristiana, escribió 14 epístolas, pero, curiosamente, los historiadores no aceptan como legítima una de sus cartas: la carta de los hebreos.

En esta carta encontramos un pasaje que nos habla de la reencarnación, que dice:

«Y así como está establecido, a los hombres el morir una sola vez y después el juicio» (Hebreos, capítulo 9, versículo 27)


En esta cita, cuando se habla de morir, en los libros sagrados siempre se refiere a la muerte segunda, es decir, a la transformación mental de los defectos, la batalla eterna por desterrar de la mente los errores. Luego de esta muerte, el adepto es juzgado y conducido al paraíso de la conciencia.

En ese sentido, “muerte” siempre se refiere a la muerte segunda mental, y “nacimiento” es el nacimiento segundo, siempre energético.

Cuando desencarnamos, nuestro cuerpo físico y nuestra personalidad desaparecen, mientras el alma y la mente se reúnen en las dimensiones superiores en torno a la entidad del ser interior para volver a encarnar o hacer una pausa al ciclo de nacimientos y muertes. El alma es inmortal y se viste de varios trajes durante miles de años, hasta que, a partir de su propia energía, nace (nacimiento segundo) y se crea la luz de la conciencia.

Es en este momento que se verifica la boda entre alma y espíritu, y nace un Cristo en el cosmos.


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