Origen de los habitantes de la ribera del Caribe
Origen de los habitantes de la ribera del Caribe

Hablar de los tayronas, de los arhuacos y de los koguis, es algo maravilloso. Nos recuerda nuestro pasado y sentimos veneración ante este pueblo de túnicas blancas y gorros cónicos, que son luz para los colombianos. Ellos nos evocan la memoria patria legítima, lo poco que queda de la sabiduría del pasado, antes de su aniquilación sistemática con la Conquista y la Colonia.

La lengua kogui es la misma chibcha y era una de las tantas que existía en la zona. A pesar de lo que se pueda pensar, todo este territorio era rico en cultura y desarrollo, pero un desarrollo apegado a la ley natural, compatible con la naturaleza. La sabiduría de la energía natural era hermosa y propagada por los grandes sabios, que veneraban a la madre agua y vegetal, con un canto de angustia por el error cometido, casi como en una comunicación y meditación budista.

Este carácter de ritmo natural y de respeto ecológico, en la mentalidad, en el vestido, en la actitud y en los ciclos del agua y del manto vegetal, llevaron a los observadores a malinterpretar la esencia y el mensaje de este maravilloso pueblo. Pensaron que, por tener lenguas diferentes, por vestir de manera particular y porque hablaban constantemente de plantas e historias raras, estos pueblos debían ser salvajes. Pero los conquistadores estaban muy equivocados; estas sociedades eran avanzadas y proyectaron su evolución y desarrollo sin agredir a la Gran Madre.

La bella historia del origen que siempre han narrado los koguis es extensa y llena de detalle, con muchos elementos místicos:


«Primero estaba el mar grande, y todo era oscuro. No había nada más que el mar grande. No había Sol, ni Luna, ni gente, ni animales, ni matas. Solo el mar existía y el mar era ella, la Gran Madre. Todo era y es ella. Agua y agua por todas partes. El espíritu de agua de ella estaba en todo.

«Así era en principio: solo ella, sin gente ni cosas ni nada. Ella era Aluna, y ella era la esencia y el espíritu de lo que tendría que existir. Y en ese espíritu de todo, ella era el pensamiento y era la memoria. Su mundo era Aluna y ella misma era Aluna en un mundo puro de más abajo, del centro, de la profundidad. Y siendo Aluna la Madre Grande, y en su estado o en su mundo abajo de Aluna, se fueron formando arriba las tierras sin peligro, los mundos conocidos hasta “bien arriba”, donde actualmente está nuestro mundo. Pero eso sucedió en la secuencia y en el orden de Aluna, en el secreto de lo creado. Así fueron los nueve mundos de Aluna:

«En un principio existió la Gran Madre en el agua y en la oscuridad de la noche, y no se conocía el amanecer, y la Madre tenía otro nombre: Séne Nulang. Y su esposo, que era la fuerza de lo demás, y el nombre del padre era Kateké Nulang. Y tenían un hijo que era Búnkua, solo ser, sagrado, no era gente, solo espíritu, esencia, memoria y pensamiento, y su nombre era Búnkua. Pero ellos no eran como nosotros, no eran gente, ni eran una cosa. Ellos eran Aluna, solo espíritu y pensamiento, ellos eran el primer mundo, y cuando ellos llegaron como el espíritu de Aluna, el mudo no era así. Después nacieron los primeros padres, superiores, con la memoria de Aluna; ellos eran casi gente, casi espíritu, pero no eran cosa.

«Y cuando Aluna los creó, comenzó a secar la tierra y a empujar el mar y se crearon grietas y zanjas cerca de la orilla de las aguas, para que el piso se pudiera secar y viviera la gente de después, y Aluna creó cayos con hilos de agua para viajar, y la misma Aluna tomó sorbos de mar, casi hasta la mitad, ida para Aluna de arriba y hecha sólida para que se formaran las montañas de la superficie, el mundo de afuera de Aluna, y así se formó la tierra y el agua se retiró poco a poco.

«Y cuando los padres del mundo que llegaron de arriba vieron la obra de Aluna y la creación de la tierra seca, vieron felices el resultado desde su casa del cielo, se hablaron y se reunieron en baile feliz y en canto y de nuevo recordaron el hijo de los hechos de Aluna y nuevamente decidieron la memoria futura de la tierra, hacer la tierra, pero primero estaba el mar y el mar era ella, la Gran Madre, la gran Aluna, la Madre era el espíritu del todo y de todo, la madre era el pensamiento y la memoria y el pensamiento era Aluna».


Esta historia es tan bella y tan profunda, que nos produce una emoción de algo conocido que no sabemos qué es. Algo en lo profundo de nuestras almas. Los hermanos mayores de la Sierra consideran a la tierra como la Gran Madre, como un ser viviente que respira y siente. Pero su sentir es macro y general, su origen es cósmico y su respuesta es siempre contundente. Este es el saber de los mamos y mamas, los sacerdotes sagrados de la tierra, educados desde muy jóvenes para percibir la esencia de la Divina Madre y preservar la primera manifestación de Aluna, que es el agua y la tierra. En la antigüedad ellos mismos decían: «Si no se tiene en cuenta el balance, si se agrede a Aluna, se reversa la historia y la noche regresa y el agua invade de nuevo la tierra».

La historia de los caribes es la historia no revelada de la memoria sagrada y ancestral de las adaptaciones de la tierra para la llegada de las almas. Es la memoria del recuerdo de los instructores que miraban con amor a la tierra desde su casa en el cielo y de cómo todo tendría que impregnase de la luz de la buena intención en la gran obra. De todo esto es que surgen las bendiciones de los koguis a la tierra y a las semillas, los rezos y las meditaciones a la espuma del mar con las libélulas, con el espíritu de los peses y la luz de las mariposas.

Los pegamentos a Aluna por la mala cabeza y por romper el equilibrio es otra sabiduría que se ha perdido con el pasar de los años. Pero este conocimiento, la memoria, siempre se conserva en algún remanente. Se dice que los pueblos antiguos hacían caminos en las corrientes de agua solo con el poder de la mente, narraciones que aparecen en las ‘Crónicas de la Colonia’, donde dice: «los indios alargaban la tierra al caminante extranjero». Estos grandes sabios eran los mamos, que, aunque casi exterminados, aún quedan algunos llenos de conciencia, seres que han ascendido en la escala de fuerza, tal como dicen las historias del pasado: «ya no son gente, ni cosas; son puro espíritu, pensamiento y memoria, son Aluna».

Con la historia kogui nos reencontramos con nuestra historia patria antes de la invasión, nos encontramos con el misticismo de nuestra cultura, con el Ser de Aluna y del jaguar, heredado de los mayas.

 

 


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