No estamos aquí por casualidad
No estamos aquí por casualidad

Si pensamos en la época del colegio, nos acordamos de las lecciones de biología y química en las que se nos decía que la vida surgió a partir de una mezcla, de una “sopa”, de aminoácidos, que luego, y por casualidad, llevaron a la formación de la célula.

¿Quién no recuerda el famosísimo programa de Carl Sagan, ‘Cosmos’?, en el que alguna vez se habló del famoso experimento conocido como ‘La sopa primordial’ en el que científicos de la universidad de Chicago mostraban un balón de vidrio con elementos y chispas eléctricas en su interior. Los científicos Harold Urey y Stanley Miller intentaron replicar el origen de la vida y, aunque lograron generar algunos aminoácidos, no se logró nada cercano a la complejidad de la vida o de la célula.

Ese experimento sigue siendo muy conocido, en parte, por ser altamente criticado, pues, en sí, no concluyó nada. En la actualidad, hay un sinnúmero de explicaciones y análisis que concuerdan en que el origen de la vida es algo mucho más sofisticado, que la unión de aminoácidos para formar proteínas tiene unas condiciones y lineamientos absolutamente estrictos, por lo que no es posible que haya surgido por casualidad o de la nada. La vida celular es increíblemente sofisticada, tiene órdenes y directrices comandadas por el ADN.

Grandes genios de la ciencia han investigado el origen de la vida y el resultado matemático es muy claro: la vida no es producto del azar. En el desarrollo y el surgir de la vida hay un punto de inicio evidente: una inteligencia superior.

Esto nos lleva a concluir que el origen de la vida no entra en discusión frente a lo establecido por los creacionistas o los evolucionistas. El enigma, simplemente, no yace allí. Mientras que la narración de Adán y Eva es una simbología, la evolución, como consecuencia, sí existe, pero concretamente en la adaptación y en la selección y supervivencia de individuos, pero la teoría no aplica para el surgimiento de la vida.

Y es que, si se le pregunta a cualquiera de estas dos tradiciones, cómo surgió el ADN o la célula en su máxima perfección, la respuesta más probable es: de la nada, de repente.

Andrew Knoll, de la universidad de Harvard, un científico que ha trabajado arduamente en la explicación de los enigmas de la vida, ha comentado: “Quien dice que la biología pudo ser casual en el origen y que al azar se formó el ADN, no conoce nada de la célula y de su complejidad, no entiende el gran enigma de la tecnología celular”.

Otro científico, Paul Davies, que ha trabajado en muchas universidades del mundo y ha estado encargado del proyecto Seti de búsqueda de inteligencia en el espacio, ha dicho cosas escandalosas a la comunidad científica, entre otras: “El ADN es un programa como los de computador, diseñado por una inteligencia superadelantada”.

Sara Imari Walker, otra científica que ha trabajado de la mano con Paul Davies en el estudio del origen de la vida, ha llegado a la conclusión de que el funcionamiento celular es toda una disciplina, llena de instrucciones y reglas sucesivas: es, en sí, un sistema inteligente, un diseño sumamente sofisticado, donde simplemente no hay casualidades.

Recordemos también a Fred Hoyle, gran sabio del mundo moderno, cuyas contribuciones a la física, la química y la astronomía son simplemente increíbles. Este gran científico decía que, físicamente, era imposible que la vida se hubiese presentado dando saltos y de repente. Esto lo afirmó hasta su muerte, defendiendo su teoría sin reparos frente a los medios de comunicación y a la ola de críticas que recibió.

Con el pasar de los años, vemos cómo grandes científicos y sabios concuerdan cada vez más con la teoría del ADN artificial, con los diseños extraterrestres inteligentes y con la arquitectura molecular a través de nanotecnología antigua para la creación celular.

 

 


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