La felicidad: el estado más puro
La felicidad: el estado más puro

Muchos de nosotros, si no la gran mayoría, experimentamos un sentimiento de vacío profundo, de infelicidad y aburrimiento.

Cuando lo detectemos, necesitamos hacer un alto en el camino, cambiar nuestros hábitos y hacer un balance real de nuestra vida, con el fin de llegar a la verdadera felicidad, lo que lograremos con la disciplina de la meditación.

La meditación ha sido muy malentendida en nuestra sociedad, incluso, hay algunos que piensan que es una religión rara o una práctica mágica, pero la verdad es que es la disciplina de vernos interiormente, de educar nuestra mente; es, en sí, el estado más elevado de oración.

En la meditación podemos ver el mundo del Padre, su creación y su amor infinito por nosotros; podemos ver que todas las respuestas están dentro de cada uno de nosotros, no necesitamos buscarlas afuera o en alguien más.

El papel de la mente
La mente es el regalo maravilloso que nos ha dado Dios para percibir el mundo, es el mecanismo que existe para que el ser humano pueda conectar el espíritu con la materia. Pero, nuestra mente es también un conjunto de deseos, miedos y traumas, elementos que debemos abarcar en la meditación para lograr la felicidad.

La meditación del balance
Tomemos la decisión de cambiar nuestra vida y ser los responsables de nuestra felicidad. Demos el primer paso: meditar como una disciplina diaria.

Para comenzar, tomemos unos minutos del día, preferiblemente a la misma hora, y sentémonos o acostémonos en una posición cómoda. Procedamos a cerrar los ojos y, poco a poco, quitemos la importancia a los ruidos y otras incomodidades externas. Emprendamos el viaje hacia nuestro interior.

Tomemos una pequeña fracción de tiempo, los últimos quince días, por ejemplo, y preguntémonos:

  • ¿En qué he gastado mi tiempo?
  • ¿A qué he dedicado todas mis actividades?


Entendamos en este proceso que todo es pasajero, los muebles, la casa, el trabajo, el dinero y las responsabilidades. Todo tiene un fin. Entonces, preguntémonos:

  • ¿Qué es perdurable?
  • ¿Qué es eterno?
  • ¿Qué es verdaderamente importante?
  • ¿Cuáles son mis deseos?


Contestémonos esta última pregunta completamente, escudriñemos detalladamente hasta el último rincón de la mente. Sea cual fuere nuestra respuesta debemos entender que todo aquello que deseamos carece completamente de valor, porque el deseo dura poco y las cosas que deseamos también duran poco, y nosotros, que tenemos un espíritu inmortal, no podemos alcanzar la felicidad con cosas pasajeras.

Ahora, debemos continuar inspeccionando nuestra mente, pero enfocándonos en aquellos elementos que nos están impidiendo avanzar, nuestros temores y traumas. Seamos sinceros con nosotros mismos en esta meditación y busquemos el balance proponiéndonos tres cosas:

Adoptemos una disciplina de cultivar nuestro espíritu, meditando todos los días, así sean unos cuantos minutos.

Cambiemos nuestro modo de vida, renovando nuestra forma de pensar y el orden de nuestras prioridades. Claramente, debemos cumplir con nuestras responsabilidades morales a cabalidad, pero debemos desechar todo aquello que nos impide avanzar física y espiritualmente, acabar con las barreras que los demás y la tradición nos imponen, pues debemos ser genuinamente felices, porque ese es el verdadero estado de Dios. Rechacemos todo aquello que juzgue violentamente cualquier cosa o idea, eliminemos la violencia y la pereza. No confundamos la severidad con el desamor.

Hagamos una renovación física, preguntémonos qué comemos, qué bebemos y cómo estamos maltratando nuestro cuerpo. Observemos nuestra casa, nuestra oficina y deshagámonos de todo aquello que no sirve. Limpiemos nuestra casa y nuestro cuerpo.

Restemos lentamente importancia a nuestros deseos y nuestros miedos, para así oír con claridad la voz de la conciencia.

Culminemos la meditación observando con los ojos cerrados la naturaleza y entendámosla como el gran cuerpo de Dios. Comprendamos que la montaña, el río, la ciudad, el caballo, el vecino, la flor, la hormiga… todos son cuerpo de Dios, que comparten el mismo origen divino y que la diferencia solo existe en nuestra mente.

Recorramos mentalmente toda la naturaleza y veamos a Dios en todas partes, esto es lo que hacen los grandes yoguis, esta es toda la disciplina misteriosa y complicada del yoga: buscar la respuesta dentro de nosotros mismos y ver a Dios en todas partes. La verdadera felicidad se encuentra en tanto se comprenda y se asimile con más intensidad esta verdad, y esta respuesta se encuentra dentro de nosotros mismos.

Al final, regresemos suavemente al sitio donde estamos. Si podemos repetir mentalmente algún mantra durante esta meditación, alcanzaremos más concentración y redoblaremos el efecto.

 

 


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