El verdadero objetivo de la educación
El verdadero objetivo de la educación

La humanidad es espiritual, toda nuestra realidad pertenece al mundo de Dios. Él vive en cada ser, y es la superalma que anima al hombre, a los animales, a las plantas y a los ecosistemas. Él es la energía inagotable del cosmos, y cada uno de nuestros actos es un reflejo de su presencia.

 

Idealmente, la educación de los hijos o alumnos debería ser un entrenamiento para lograr la iluminación, cosa que, desafortunadamente, no sucede en la realidad. La educación es un negocio como cualquier otro, incluso de los padres que esperan que, con el crecimiento de sus hijos, se vea alguna retribución a su sacrificio. Ahora bien, cuando los hijos crecen tienen la obligación de velar por los padres, pero esto debería provenir del corazón y no de la sensación de tener que cumplir un requisito.

 

Todos nuestros actos y pensamientos provienen de ese Ser divino interno, pero, entonces, ¿por qué actuamos mal? Porque en nuestras acciones intercede nuestro ego, que vive en nuestra mente. Por esta razón, la educación debería ser una oportunidad para que nuestros niños despejen su mente de los egos y puedan observar la luz divina del Ser interior. Pero sabemos que esto es un ideal.

De cualquier manera, la educación sí es un conjunto de virtudes que necesitamos despertar en cualquiera que esté a nuestro cargo:

  • Debemos hacer que aprendan a ver y a amar a Dios en todas las cosas y personas.
  • Debemos enseñarles a ser generosos y nobles.
  • Debemos enseñarles a ser sencillos frente a lo que son, a lo que saben y a lo que pueden hacer.
  • Debemos enseñarles a que, por encima de todo, digan siempre la verdad, o que sean honrados consigo mismos y con los demás.
  • Debemos enseñarles a ser auténticos, originales; que su carácter y personalidad no sean una copia de nadie.
  • Debemos enseñarles a soñar, a que la vida es el desarrollo de un sueño en la que nos debemos arriesgar.
  • Debemos formar en nuestros niños un ambiente de estudio, enfocado a las artes, la filosofía, la ciencia y la religiosidad. Y para esto no hay que tener dinero, solo la disposición.

En Colombia se presenta mucho la situación en la que los padres solo quieren que los hijos terminen el bachillerato y se pongan a trabajar para ayudar en la casa. Otra situación muy común se da cuando los padres asumen que sus hijos son brutos, que no sirven para estudiar, que no les sirve la memoria o no son suficientemente inteligentes. Pero todo eso es un error de los padres, con estas actitudes les quitamos las posibilidades de ser grandes, de ser empoderados. Todos los niños tienen una luz interior, todos son una maravilla inédita.

 

Considerando lo anterior, vemos jóvenes que salen recién graduados a trabajar, pero terminan devengando poco, pues el sueldo depende de su nivel de estudio. Si tuvieran un título universitario, tal vez, su salario sería mejor. El trabajo de los padres es educar, estimular y despertar todas las posibilidades en los hijos.

 

La espiritualidad en la educación es trascendental, no importa de qué credo sea; cualquier religión bien practicada lleva a Dios. Cuando la espiritualidad está ausente en la crianza de los niños genera jóvenes y adultos de grandes vanidades, de arrogancias monstruosas; seres frustrados y depresivos.

 

Los jóvenes de hoy viven en una cultura artificial en la que lo importante es imitar a personas exitosas. Gastan su dinero en elementos materiales que les ayudan a esa imitación y no invierten en un negocio, en comprar libros o en mejorar su calidad de vida. Viven en una cultura llena de preocupaciones banales, de cursilerías y superficialidades.

 

Analizándolo mejor, vemos el triste espectáculo de jóvenes que juegan a imitar, y nosotros, por miedo o comodidad, nos dedicamos a observar.

 

La solución está en cambiar el sistema acostumbrado, en ver otras posibilidades para nuestros hijos, inducirlos a la instrucción y a la cultura. Debemos, como padres, fomentarles la disciplina del estudio, aun fuera del colegio y la universidad. Es necesario comprarles libros de arte y filosofía, enseñarles música hermosa. Debemos preguntarles siempre qué sueñan para su vida, qué les gusta hacer o en qué están interesados, y fomentárselos.

 

Debemos hacer que nuestros hijos piensen en grande, que dejen atrás esa idea equivocada de subalternos y que su meta sea crear, ser grandes. Que sueñen con el éxito y la felicidad, la abundancia y la comodidad, porque todo esto está en el corazón, todas las ideas las tiene el Señor de nuestro corazón, solo tenemos que aprender a oírla.

 

Desterremos de nuestras vidas y de la de nuestros jóvenes el embrutecimiento provocado por las cosas banales de la vida, y junto a ellos entremos nosotros en la vibración elevada de la cultura, de la educación, de la ciencia y el arte, pero, sobre todo, de la espiritualidad, ya que sin ella, y sin Dios, la mente enloquece y se desboca.

 

 

 


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