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La misteriosa historia de Paititi

Publicado en20/06/2025 Por

Nadie sabe si es místico, si es físico, si era un símbolo o una alegoría o algo escondido en la selva.

Si hay un tema en el que la historia titubea, da tumbos y trastabilla, es en el tema de Paititi, ningún paraje de la historia es más escondido e intrincado, es una historia jamás contada, jamás aclarada, jamás escondida, jamás buscada como toca, nadie sabe si es un mito, si era un invento de los Incas para despistar a los saqueadores españoles, nadie sabe si es místico, si es físico, si era un símbolo o una alegoría o algo escondido en la selva. Esto es de película, esto es como esas historias en las que los exploradores más graciosos, vestidos con sus atavíos color caqui y con financiación y cacharros de exploración, se pierden y se pierden y se pierden, se los traga la manigua, se los devora la historia en un río, en una selva, en un lago, en una exploración y nunca encuentran NADA, Paititi es la historia de la frontera, Brasil, Perú, Bolivia, tierra de no se sabe qué, en la antigüedad de no se sabe cuándo, veamos una pequeña crónica de Misterios al descubierto para examinar a Paititi:

Paititi

En 2001 Mario Polia, arqueólogo italiano, investigando en los archivos del Vaticano encuentra una carta fundamental para resucitar la leyenda de El Dorado. Se trataba de un manuscrito de mediados del siglo XVI del jesuita español Andrés López. En esta carta se relata un viaje a pie de 10 días de duración que los incas realizaban entre Cuzco y Paititi, un reino o una ciudad donde había más oro que en Cuzco. Junto a ese manuscrito se hallaba la autorización papal para evangelizar Paititi por parte de los jesuitas, aunque éstos nunca dieron más pistas de la localización exacta para evitar la “fiebre del oro”.

 

Esta famosa fiebre había derivado en una persecución desenfrenada de los conquistadores españoles de cualquier vestigio de oro. Francisco Pizarro, un excuidador de cerdos extremeño, había llegado a Cajamarca (Perú) en 1532 y comenzó el saqueo del imperio Inca. El abundante oro sólo se empleaba para elementos decorativos y parecía inagotable. De hecho, Pizarro ejecutó a Atahualpa (el último Inca, nombre que ostentaba el soberano) aún habiendo recibido el rescate por éste, que consistía en una habitación de 6 por 4 metros llena de oro y otras dos de plata. Puestas así las cosas, ante los requerimientos de los conquistadores sobre la procedencia de tanto oro, los incas siempre respondían que se encontraba “más allá” de cualquier ciudad donde se presentaban los ambiciosos guerreros. No sé si por ser cierta la afirmación o para quitárselos de encima. El caso es que nace la leyenda de El Dorado, una hipotética ciudad llena de oro, tal y como se habían encontrado en Cuzco, por ejemplo, el templo de la korikancha, con muros en piedra chapados en oro con hornacinas donde se ubicaban las macizas y pesadas estatuas del precioso metal. 

A lo largo de los siglos, muchos han sido los arqueólogos, exploradores y buscadores de fortuna que han fallecido en su intento de encontrar El Dorado. Los supervivientes nunca dieron con su paradero. Hoy en día ya no es la sed de oro la que guía a los nuevos descubridores, pero el revulsivo de la localización de la mítica ciudad se ha visto impulsado por ese reciente descubrimiento de la carta del siglo XVI. Se sabe que en el fondo del lago Titikaka se encuentran tesoros arrojados por los incas antes de su caída en manos españolas, pero la dificultad de bucear allí probablemente los deje a perpetuidad en su fondo. Sin embargo ese no es el lugar histórico para ubicar la ciudad dorada. Puede que El Dorado no existiera, pero lo que sí estaba claro es que existía Paititi, al nordeste de Cuzco, y allí había más oro que en la propia capital del imperio incaico.

 Paititi es considerado hoy el gran enigma arqueológico de Sudamérica. Hay una zona a la distancia descrita por la famosa carta (10 días de viaje a pie), en las selvas del río Madre de Dios, como la meseta de Pantiacolla, donde se ha descubierto lo que puede ser Paititi. En 1996, Greg Deyermenjian, descubrió las pirámides de Paratoari por esa selva y, a pesar de llegar a pie y sobrevolarlas en avioneta, no ha podido determinar si son construcciones naturales o artificiales por el extenso follaje que las recubren. Deyermenjian se está dejando la vida explorando Perú, obsesionado con Paititi de la misma manera que Hiram Bingham lo hizo con Vilcabamba pero descubriendo Machu Picchu. Sin embargo, fue en 2002 cuando un equipo internacional, guiado por la carta descubierta en el Vaticano un año antes, de treinta investigadores encabezado por Jacek Palkiewicz, quien tras dos años de expedición anunció el hallazgo de la ciudad inca de Paititi. Ésta se encuentra en una zona colindante con el parque nacional del Manu, entre los departamentos del Cuzco y Madre de Dios, justo a 10 días de camino de Cuzco. 

 

En el siglo XVII la leyenda sobre Paititi la situaba bajo una laguna, en una meseta de 4 kilómetros cuadrados y cubierta totalmente de vegetación. Hasta ahí llegó este equipo internacional, descubriendo con sus georradares un importante entramado de cavernas y túneles bajo la laguna. Pero no se ha encontrado ningún tesoro.

 Mientras tanto, Gregory Deyermenjian y su inseparable Paulino Madani, siguen recorriendo después de dos décadas la meseta de Pantiacolla, justo en los límites del imperio inca, obteniendo el mérito de haber descubierto en 2006 los asentamientos más lejanos hasta ahora identificados de los incas, en el río Taperachi, al norte de Yavero.

Cinco siglos atrás el oro empujaba a arriesgar las vidas de los conquistadores. Hoy, exploradores y aventureros se siguen arriesgando no ya por el oro sino por la emoción y la gloria del descubrimiento; tal fue el caso de Lars Hafksjold, un antropólogo noruego que en 1997 desapareció en las aguas del río Madidi. Unos misterios se van resolviendo pero bajo la selva amazónica seguirá existiendo algo escondido, esperando a que unos aventureros lo saquen a la luz.

Aquí en todo esto se mezcla la historia del Dorado, que era una “historia de indias”. La leyenda del Dorado existe en el Caribe, en México, en Centroamérica, en el Perú y en Bolivia dicen que El Dorado está en el lago Titicaca, en Brasil dicen que está en la selva, en Colombia dicen que está en Guatavita y que está en la Sabana de Bogotá, en Ecuador dicen que está en los Tayos, en Venezuela dicen que está en Canaima y en Guyana dicen que El Dorado está en Potaro Siparuni, es una leyenda increíble, cuando España conquistó a Estados Unidos en la época de la conquista, en la que España llegaba hasta el Canadá y era dueña de California y de toda la costa Este, había una leyenda del Dorado en California, por esto es que hablar de Paititi es tan difícil, porque se diluye en la historia precolombina, llena de ambición de oro por parte de los conquistadores y luego de los colonizadores, que se enfermaban con la obsesión de conseguir oro.

Pareciera que la historia de Paititi es Inca, pareciera, pero no es así, los incas son nuevos, el gran florecimiento de los incas fue en el siglo XV y XVI, tanto que dicen que el Reino de Tahuantinsuyo, preparó una civilización para recibir a los invasores y pareciera que así fue, las grandes corrientes del imperio desaparecieron y se internaron en la selva, y dejaron a los incas para hacerle frente a los españoles, así es que los Huáscar y los Capac y los Atahualpas, fueron los nuevos gobernantes que recibieron la conquista fiera, sanguinaria y violenta de todos los que siguieron a Sebastián de Belalcázar, allí comenzó una tragedia, tal vez de las más grandes de la historia, una tragedia catastrófica, peor que la de la Segunda Guerra, porque fue silenciosa, en la que los invasores de Europa fueron exterminando sistemáticamente a TODA la civilización de América, hasta no dejar sino un leve rastro, era la nación de Tauantín, fundada por los ángeles del cielo que llegaron en discos de sol hasta el lago de las bolsas de Totora, el imperio solar de Manco Capac y Mama Ocllo que eran similares al Adán y Eva judeocristianos, el disco solar creó a esta pareja a Manco Capac y Mama Ocllo para que gobernaran y la gente “rápidamente entendió que ellos eran enormes, diferentes, sobrenaturales, la gente se dio cuenta que no eran de aquí” y los aceptaron como directores y cuando eso ocurrió el bastón de mando que bajaron del disco solar, se enterró en el Cerro Huanacauri señalando la puerta del retorno, en el reino del Oro, de la ciudad apartada para el linaje del disco solar, ese cerro señalaba la dirección de Paititi, un lugar que usted encuentra de repente, cuando los ángeles permiten que los custodios de la selva queden encantados, entonces ustedes pueden ver la puerta, en la que la luz es distinta, porque en la ciudad de oro, la luz está vestida de tiempo, esa ciudad, ese reino, esa región de Paititi, la patria mística de Mama Ocllo y de los hermanos Ayar, pero los incas son tan nuevos, que la leyenda dice que Manco Capac, que era mitad sol, mitad humano, era el esposo de Mama Ocllo que sí era totalmente solar, ellos dos fundaron el imperio en el año 1.200, unificando el reino de Tauantín que ya estaba en decadencia y allí comenzaron los Capac, los Túpac, los Atahualpa, los Incas, los Yupanqui, todos ellos gobernaron una región enorme que comenzaba en el norte del imperio, en lo que hoy es el sur de Colombia y terminaba en Antártida. En toda esa región se diseminó la leyenda de Paititi, en toda esa región se hablaba de El Dorado, en toda esa región se hablaba de la tierra en la que se encontraba el oro traído desde una estrella y el otro encontrado aquí, el oro traído del sol era fácil de trabajar, mientras que el oro traído de la Pacha-tierra era un oro difícil.

Allá en esa historia, no están solamente los exploradores de caricatura, no acostumbrados a la selva inhóspita, por los insectos y por el desconocimiento de sus misterios, en la actualidad están los investigadores de especies, están los caucheros guías que llevan a las puertas del misterio como una especie de guías turísticos “desconocedores”, están los investigadores de fenómenos, los detectives de las cavernas, de túneles, de galerías que allá abundan, también guiados por avistamientos OVNI, allí donde aterrizan y más aparecen, allí donde hay lagos, allí investigan y entran a las labores de buceo, meditación, exploración, allí acampan y hacen toda clase de indagaciones, camuflados en toda clase también de disfraces contemporáneos, por eso no es raro oír que “eso está lleno de hippies” y el punto de contacto pareciera ser el río Sinkibenia, en donde se encontraron las famosas pirámides de la selva, es una historia hecha a rompecabezas, en la historia jamás contada y jamás entendida, que allá ni por intuición se llega, porque hasta la intuición está despistada en la llegada a Paititi, pero veamos otra crónica de Legado Cósmico para entender la proporción a lo que esto ha llegado:

Julio C. Tello uno de los padres de la arqueología peruana sostuvo hasta su muerte, en 1947, que el origen de las poblaciones de los Andes debe buscarse en la selva amazónica. Al parecer, no se hallaba muy lejos de la verdad: el gran manto verde del oriente peruano esconde una secreta civilización que habría mantenido importantes lazos con el Imperio del Sol en Cusco. Viejas leyendas recuerdan aquel centro supremo como Paititi.

Ya entrado el siglo XVII corría como reguero de pólvora la noticia de esa ciudad fantástica, esquiva y misteriosa, que según la tradición andina alberga los tesoros perdidos del incanato. Algunos libros, inspirándose en crónicas antiguas o en relatos de nativos indígenas, abordaron el enigma logrando con ello generar un mayor interés. Penosamente, todo esto disparó la ambición y codicia de muchos exploradores que, de inmediato, se lanzaron a organizar ambiciosas expediciones en pos de oro y tesoros, como ocurriría también en Ecuador con Llanganati -una zona de lagunas donde el general del Inca Huayna Cápac, Rumi Ñahui, habría escondido tesoros para que no caigan en manos de los españoles-. En el caso de Paititi, en la mayoría de aquellos intentos lo único que se logró fue un desenlace fatal al profanar las sagradas selvas del Antisuyo. No es cosa fácil aventurarse en aquella región que se protege como si tuviera vida propia.

Quizá lo que más ha contribuido al conocimiento de la existencia del Paititi son los petroglifos de Pusharo. Estos extraños grabados en piedra habrían sido descubiertos en 1921 por el misionero dominico Vicente de Cenitagoya, encontrándolos en una gigantesca roca que se acomoda a orillas del río Sinkibenia, considerado sagrado por los indios “guardianes” de la zona, los machiguengas. Más tarde, esos petroglifos fueron observados por numerosos exploradores. En 1970, el sacerdote y antropólogo A. Torrealba fotografió y estudió los extraños grabados. Hoy en día todos los investigadores coinciden en que los petroglifos no fueron hechos por los incas; entonces, ¿quién los hizo?

Pusharo no es la única evidencia de una obra humana en las selvas del Manú, también se han encontrado numerosas ruinas y caminos parcialmente pavimentados. Las pirámides de Paratoari son una prueba fehaciente de estas obras. Diversos estudios demuestran que estas grandes moles no serían producto de la naturaleza, sino de la mano de una civilización aún desconocida. Estos emplazamientos saltaron en los teletipos de la prensa gracias a un método científico de observación.

Con los adelantos de la tecnología moderna se ha podido fotografiar la cordillera del Pantiacolla que, generalmente, se halla cubierta por sospechosas “nubes”. La fotografía que desató la “fiebre de Paititi”, fue sin duda, la que tomó el satélite norteamericano Landsat 2 de la NASA, en diciembre de 1975. El enigma se inició cuando el satélite en mención logró captar en el sureste peruano unos diez “puntos” -lucen así por ser vistos desde gran altura- agrupados en pares y alineados simétricamente en la accidentada orografía. Posteriores estudios identificaron en ellos “pirámides truncas de proporciones enormes”. Como era de esperarse, el descubrimiento generó las más encontradas opiniones: ¿qué es esto? De seguro ello fue lo que se dijo a sí mismo el explorador japonés Yoshiharu Sekino, quien partió en busca de las “pirámides del Pantiacolla” -como se les bautizó posteriormente- sin llegar a dar con ellas debido a la tupida jungla.

El tamaño que se estima deben tener esas pirámides equivale a las dimensiones de la Gran Pirámide de Gizeh. Y no es poco. Para dar una idea, la mole del desierto egipcio tiene la friolera de 2.5 millones de bloques -algunos de ellos llegan a pesar unas 40 toneladas-. Esa magnífica construcción tiene 147 metros de altura, y cada una de sus caras de base tiene un largo de 227 metros. En otras palabras: si se llega a comprobar que hay pirámides como esas en las selvas del Manú -como dicen una y otra vez los machiguengas- tendríamos que reescribir la historia. Según ellos el verdadero secreto se halla más allá del cañón del Mecanto -el umbral natural que separa “el mundo de ellos” del nuestro-; es preciso cruzarlo si queremos conquistar la extraña meseta del Pantiacolla, siempre caminando en dirección a las nacientes del sagrado río Sinkibenia. Y no se trata de un sendero fácil de transitar. Tranquilamente se podría llegar a tener siete u ocho días de jornada con intensas caminatas una vez cruzado el Mecanto, pero el expedicionario solo verá más selva, roca y ríos. Con suerte, en el difícil camino se pueden apreciar algunas piedras labradas o puntas de flecha, hechas de piedra, tiradas a la vista en las playas que forman los cambiantes ríos del lugar. Yo mismo he observado todo esto al cruzar el cañón. Pero nada más. Y el hecho de encontrar piezas de posible valor arqueológico en ese camino no es señal, necesariamente, de que nos encontramos cerca de Paititi. En la temporada de intensas lluvias los ríos traen todo ello de Dios sabe dónde. Por esa razón ninguna expedición ha podido dar con la ubicación exacta de la pretendida ciudad perdida inca.

Pero hay algo más.

No será suficiente llevar un buen equipo, navegadores satelitales o sistemas de radio para aproximarse. Las selvas del Paititi poseen un “mecanismo de defensa” para que el profano no alcance sus tesoros. Dicen los Maestros que el explorador que fue “invitado” no debe preocuparse en lo que lleva en su mochila, sino en lo que porta en su propio interior.

Hay que decir que en la selvas donde estaría Paititi se han reportado expediciones desaparecidas, perturbaciones electromagnéticas en los instrumentos, “apariciones” de luces sobrenaturales y objetos sobre el cañón del Mecanto, ruidos extraordinarios que parecen surgir del suelo -como veremos más adelante, un fenómeno muy similar a lo que ocurre en las Sierras del Roncador en el Brasil- y, para añadirle el ingrediente final, los relatos de los indios machiguengas, quienes afirman, sueltos de huesos, que “al otro lado” -con esto se refieren al Pongo de Mainiqui o Mecanto- se halla una civilización muy antigua que “lo sabe todo”.

Paititi, aquel oculto mundo perdido, es considerado en la actualidad por diversos estudiosos como el “enigma arqueológico de América del Sur”. Se le asocia con “El Dorado” por el oro que supuestamente escondieron los incas en el Antisuyo al caer Cusco. Los españoles buscaron esos tesoros desde la laguna de Guatavita en Colombia hasta la propia “Ciudad de los Césares” en la Patagonia. Pero Paititi siempre fue su principal obsesión. Creían que los incas trajeron de allí el oro y la plata que ofrecieron como rescate de Atahualpa. Pero nunca encontraron el lugar de donde se sacaba el oro. Tuvieron que conformarse -y no fue poco- con todo lo que expoliaron en Perú.

Lo que cuenta la leyenda

La leyenda en sí sostiene que en las selvas de Madre de Dios -en la zona sur oriental del Perú- se encuentra una ciudad de piedra, con estatuas de oro erigidas en amplios jardines. Lo interesante de Paititi es que las leyendas insisten que hasta hoy en día, 500 años después de la conquista, el imperio amazónico se halla en plena actividad, vivo. Allí moraría el último Inca secreto, posiblemente el legendario Choque Auqui, quien estaría aguardando el momento de retornar al “mundo de afuera” para restituir el orden que se quebró. Quizá se trate de una alegoría: el retorno de la luz y el conocimiento.

La historia dice que Túpac Inca Yupanqui, el gran conquistador inca, pretendió ampliar el Imperio del Sol hacia esas selvas del oriente peruano, contando para la empresa con más de 40.000 guerreros. Sin embargo, en plena jungla se encontró con diversos obstáculos, como la propia orografía del lugar que esgrime ríos torrentosos y una vegetación tupida, salpicada de diversas alimañas y parásitos que habrían diezmado la expedición. Para coronar su suerte, se vieron enfrentados ante tribus amazónicas aguerridas, que eran llamadas por los cronistas españoles Mojos -ya que ellos se encontraron con el mismo problema al querer entrar en esos territorios prohibidos-, quienes no dejaron pasar la avanzada incaica. La leyenda asegura que a Túpac Inca Yupanqui no le quedó más remedio que pactar con el líder espiritual de aquellas tribus selváticas, el “Gran Yaya”, quien le permitió, finalmente, la construcción de una ciudad de piedra llamada Paiquinquin Qosqo o “ciudad gemela del Cusco”, en la actual meseta del Pantiacolla. Este enclave inca, al que supuestamente hace alusión la leyenda de Paititi, contaría con una laguna cuadrada, construida para asegurar los recursos hídricos. Se hallaría próxima a una gran cascada y a un sinnúmero de cavernas que atraviesan el interior de la meseta, conectándola con los Andes.

Cuando se produjo el arribo de los conquistadores, se piensa, fue allí donde se refugió Choque Auqui con los tesoros incas. Pero ese no sería el “verdadero Paititi”.

Al margen de que puedan existir edificaciones incas en el Antisuyo, la leyenda, como vimos inicialmente, apunta a una civilización más antigua, habitante de las pacarinas o túneles de Cusco y Madre de Dios. Los incas, no gratuitamente, llamaban a aquellos residentes del intramundo “Guardianes Primeros”, puesto que estaban allí antes que ellos. Además, no es muy coherente huir a la selva para vivir en una ciudad de piedra que se halla enclavada en un medio inhóspito que al propio Túpac Inca Yupanqui le costó -y mucho- enfrentar; es más aceptable refugiarse con sus “Maestros Antiguos”, en una base bajo tierra que, sin duda, ningún explorador podría encontrar...

El objetivo de la huida inca no era establecer un nuevo “Cusco” en la selva, sino poner a resguardo sus tesoros y reliquias. Más que el oro que buscaban como locos los españoles, hablamos de los archivos culturales del Imperio del Sol.

Los esfuerzos por encontrar a la ciudad perdida se han desbordado. Ni siquiera los investigadores se ponen de acuerdo: para unos se halla en Bolivia, para otros en las selvas del Brasil, aunque la mayor parte de los estudiosos siguen señalando el Manú como el lugar más lógico por todos los indicios disponibles.

Hace pocos años el explorador ítalo-polaco Jacek Palkiewicz encabezó una nueva expedición internacional a Paititi que habría contado -según se dijo- con un millón de dólares de inversión, basando su aventura en un documento inédito del Vaticano que respaldaría la existencia de “El Dorado” en las selvas del Perú. Pero sus esfuerzos, como el de tantos otros, también fracasaron.

Ello no quiere decir que Paititi “no exista”. Si no que aún no es el momento de llegar a él...

Han tratado de encontrar el rastro, han tratado de descifrar los dibujos o los grabados de una roca que hay en la selva, llamados los grabados de Pusharo, con espirales, con mapas celestes, con caras, con casco, allí los guías de las tradiciones de los Keros, dicen que los Paco Pacuris o Guardianes iniciales de la entrada, están muy relacionados con los guardianes personales de los humanos en el instante de la muerte y que solo en el punto en que se abra la conciencia al cielo, se abrirá la compuerta de Paititi, una caverna llena de sorpresas, llena de regalos de la Madre Ocllo para sus niños, esa preciosa historia está destinada para esta época y tiene gran contenido místico, en el filo de la selva, en el filo de los andes, en donde comienzan los pasajes secretos. Es un tema hermoso...

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