La telepatía es tan normal como pensar

Publicado en21/07/2020 Por
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La telepatía es tan normal como pensar

¿Cuántas veces nos ha pasado que tomamos el teléfono pensando en la persona que vamos a llamar y, en ese mismo instante, recibimos una llamada de esa persona? Como este, hay muchos casos de telepatía cotidiana que nos pueden suceder en el diario vivir.

Un ejemplo muy usual es cuando, teniendo una conversación con alguien, logramos contestar una pregunta que se estaba haciendo esa persona mentalmente, o conseguimos terminar frases o ideas de algo que apenas la otra persona está formulando. Como nos hemos dado cuenta, esto puede pasar frecuentemente, pero no nos sucede con cualquiera, sino con personas con las que tenemos una alta afinidad.

La telepatía no es una noticia nueva, de hecho, es una habilidad que nos acompaña intrínsecamente. Es tan natural como pensar y siempre ha sido un tema de interés y misterio para la ciencia.

En los últimos años se han hecho grandes avances para entender cómo funciona, entre ellos, podemos referir un experimento maravilloso, liderado por Giulio Ruffini, en el que una persona en la ciudad india de Thiruvananthapuram pensó un «hola» y este pensamiento llegó directamente al cerebro de otra persona sentada en un laboratorio de Estrasburgo, a unos 7.700 kilómetros de distancia. Más tarde, probó decirle «chao», con idéntico resultado: por primera vez, dos cerebros se saludaban directamente y de forma consciente, gracias a las nuevas tecnologías de interacción con el cerebro humano.

Los pensamientos del sujeto emisor que estaba en la India, leídos como pulsos eléctricos, se codificaron para transmitirse por Internet hasta un aparato que vuelve a convertir esa señal en pulsos que producen una descarga electromagnética sobre la corteza cerebral del receptor, ubicado en Estrasburgo.

Como reconoce Ruffini, estos primeros pasos son todavía muy tímidos y necesitaron de varios elementos intermedios para establecer esa comunicación entre cerebros.

Según explica el físico y matemático, este instrumento, colocado en la parte posterior de la cabeza, crea un campo eléctrico, un pulso en el córtex que hace que «las neuronas se disparen, una especie de reflejo como cuando te dan un golpecito en la rodilla». Desde que el emisor envía su pensamiento hasta que el receptor lo percibe, transcurren unos 30 segundos.

Este es un primer paso, pero es la prueba de que hacer este tipo de transmisiones es posible y que el paso por seguir es volverlas menos rudimentarias, más sofisticadas. Una comunicación directa entre cerebros, facilitada por la tecnología, y que puede inclusive transmitir emociones, ya no es algo de ciencia ficción, es una realidad que viviremos en un futuro cercano.

Como este experimento ha habido muchos otros, unos incluso más invasivos, en los que se han implantado sistemas sofisticados en chimpancés, con la finalidad de lograr conectar sus cerebros.

Estos experimentos, más allá de ser trascendentales, por los grandes avances tecnológicos que representan, son un hito frente al concepto de la telepatía, que siempre se ha considerado como un tema inherente al ocultismo y al misticismo, y, por lo tanto, opuesto a las ciencias medibles.

La ignorancia frente a la telepatía es tan grande, que en muchos casos se ha llegado a confundirla con la clarividencia o el presentimiento. Aunque son habilidades distintas, la confusión se genera porque los poderes trabajan siempre en sinergia o en combinación. Esto quiere decir que las habilidades, combinadas, pueden potenciar ciertos resultados y, por lo tanto, pueden llegar a confundirse como una sola habilidad.

Estas combinaciones increíbles, tan conocidas desde hace milenios en el mundo espiritual, son inconcebibles para la ciencia y, aunque la física y las matemáticas hablan de otras dimensiones y de universos cuánticos, ambas siguen pensando que, de presentarse la telepatía, tendría que ocurrir por interacciones, ya sea de tipo electromagnético o gravitatorio.

Pero el verdadero impedimento de la ciencia no es la falta de apertura en cuanto a lo desconocido; la gran barrera está en la altísima tecnología del sistema nervioso. Y es que cada neurona es un complejo computador y cada uno de nosotros tiene 86.000 millones de neuronas.

Esta es la verdadera barrera de la ciencia, que solo será superada cuando descubramos otras fuerzas y ampliemos nuestro conocimiento en el mundo de la célula, el átomo y la molécula.


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